Kiteboarding en Essaouira (Marruecos) y el placer de las pequeñas cosas

No son todavía las siete de la mañana cuando la suave luz de Essaouira (Marruecos) resbala por el zócalo de mi ventana y empieza a acariciarme. Me incorporo, me calzo las sandalias y voy hasta la cocina para tomar un zumo de naranja. Nada me preocupa y me espera un día en el que sólo me voy a dedicar a hacer cosas que realmente me encanta hacer. Me asomo a la ventana y por un momento tengo que cerrar los ojos. Otro día más de magnífico cielo azul, sol y viento de unos veinte nudos.

Salgo al pequeño balcón del apartamento y compruebo que las banderas del paseo ya están moviéndose alegres intentando alejarse del mástil que las retiene. Vuelvo a la cocina y termino el desayuno. Huevos, tostadas y fruta. Cuando termino me pongo el bañador, las zapatillas y salgo a correr a la playa. En un extremo de la bahía está la medina, con sus casas blancas  rodeada por la muralla del antiguo fuerte portugués. Le doy la espalda pensando que cada día que paso aquí me parece más bonita.

Medina y muralla

Medina y muralla

Enfrente de mí se extiende una playa de arena blanquísima, fina y plana. Perfecta para correr. Regreso una hora más tarde. Sudando pero feliz. Voy directamente a la ducha. Si hiciera un poco más de calor me bañaría pero estamos en diciembre, y aunque hace muy buen tiempo, el agua del Atlántico esta helada.

Playa de Essaouira

Playa de Essaouira

Durante un par de horas leo tranquilamente hasta que calculo que deben ser las doce y supongo que el viento habrá alcanzado su máxima fuerza. Preparo la mochila con mis cometas y cojo el mountainboard (tabla parecida a las de kitesurfing con grandes ruedas neumáticas). Llego a la playa en dos minutos. Está prácticamente desierta. El día parece perfecto. El viento viene del interior y  voy a poder “navegar” por toda la playa mirando al mar, que es como más me gusta.

Dejo todo en el suelo, saco el anemómetro y sigo mi ritual particular: calculo la velocidad del viento, me agacho,  recojo montoncitos de arena y los dejo escurrir entre mis dedos una y otra vez para comprobar la dirección. Entonces, saco la cometa. Es granate y azul, con una franja blanca separando ambos colores. Me alejo con ella unos 25 metros, lo mismo que miden las líneas (hilos) que unen la cometa a los mandos con las que se maneja, en ángulo casi recto respecto a la dirección del viento. Una vez que he llegado más o menos a esa distancia me arrodillo, desdoblo la cometa y voy poniendo montones de arena en la parte inferior para que esté anclada. Vuelvo sobre mis pasos desenredando los hilos y los uno a los mandos, recojo todo en la mochila y me la pongo en la espalda. Todo está en su sitio. Agarro los mandos, los levanto suavemente, incorporándome al mismo tiempo y, con un sutil movimiento de muñecas y dando un ligero paso atrás, consigo que la cometa se libere de la arena, se lance rápidamente hacia el cielo y se coloque sobre mi vertical.

Cometa

Cometa

Me preparo para montar en el mountainboard. Me acerco mirando al suelo mientras sigo manteniendo, con pequeños movimientos de dedos, la cometa sobre mí. Meto los pies en los estribos, respiro y empiezo a bajar un poco la cometa para empezar a deslizarme sobre la tabla. No tengo que hacer fuerza sino estirar los brazos y dejar que mi peso haga el trabajo. Al principio voy despacio, llevando la cometa muy alta, pero enseguida la bajo un poco más y empiezo a hacer ochos con ella para ganar velocidad.

La siguiente media hora me dedico a dejarme llevar por el viento. Mi único interés es disfrutar, sentir el viento, el sol en mi cara y disfrutar de este maravilloso lugar. Recorro unos diez kilómetros en los cuales me he cruzado con apenas tres o cuatro paseantes.

Inicio el camino de regreso, practico giros e intento pequeños saltos. Paso de largo mi apartamento, en el extremo del paseo, y me lanzo en dirección al pueblo. Durante una hora más me dedico a ceñir y aprender a “navegar” contra el viento.

Finalmente, sudando y agotado, decido parar y bajo la cometa al suelo. Además, una punzada en mi estómago me recuerda que son más de las tres de la tarde y que no he probado bocado desde el desayuno. Recojo la cometa rápidamente y me marcho al puerto. Como en un puesto de pescados fritos por unos tres euros. Cuando termino voy a la plaza y me tomo un té en una terraza. El camarero, aburrido ante la falta de turistas, se sienta conmigo y charlamos. Antes de que se ponga el sol voy al mercado, compro verduras, especias y pollo para cocinarme un Tajine, y vuelvo a casa paseando tranquilamente.

Ya en el apartamento, me descalzo y me pongo ropa cómoda. Preparo café y me siento en el ordenador frente a la ventana. Antes de empezar, voy a la cocina y empiezo a preparar las verduras y las patatas a fuego muy lento. Toda la casa se inunda de olor a aceite de oliva y especias. Escribo durante unas tres horas, aunque mi mirada se ha desviado muchas veces a la playa y al pueblo que se divisa al fondo.

Antes de cenar llamo a mi casa. Les cuento mi día y parece que no he hecho nada especial. Pongo un poco de música y ceno tranquilamente con una copa de vino. Leo un rato y enseguida me voy a la cama. Son sólo las once de la noche pero para Marruecos eso es realmente tarde. Me quedo dormido en escasos minutos. No estoy cansado, pero sí absolutamente relajado.

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